Lo peor que uno puede hacer en la vida
es intentar encajar.
Todos compartimos el gusto, la visión, la pasión por algo con alguien y esa energía nos hace coincidir en tiempo y
espacio. Desafortunadamente casi siempre develar nuestro verdadero ser cuesta más
que pelar un plátano verde nuevo. Desde que llegamos a este mundo somos
bombardeados por una serie de reglas que promueven la “normalidad”, ser común se
vuelve ley de subsistencia, así que encajar es la única meta, inclusive cuando
logramos tropezar con otros tan trastornados como nosotros.
Tengo la fortuna de rodearme de increíbles especímenes tan inadaptados, rebeldes, creativos, soñadores y emotivos como yo, pero
aun siendo consiente de estos atributos y valores que nos unen, en ocasiones
mostrarme tal cual cuesta. Digerir la idea de que nuestro común denominador nos
hace parecidos no iguales, no es tarea fácil y en nuestro afán de acoplarnos a
nuestro entorno con base en la programación subconsciente o consciente a la que
hemos estado expuestos, nos vamos perdiendo.
Pero deshacernos de nuestra real
esencia tampoco es trabajo fácil, esta es una guerrera y cuando se siente
amenazada lucha y es justo ahí donde nuestra batalla existencial empieza. Yo me rendí,
me harté de fingir, de preocuparme siempre por la opinión de alguien más, de
dejarme debilitar el espíritu, de dejarme follar el alma. Esto es lo que tengo
para dar, abrazos infinitos, un oído y medio, mil temas pendejos de los cuales conversar
y la disposición perenne de ayudar. Fiel creyente del respeto por todo aquello
que ocupa un lugar en esta tierra y fuera de ella y defensora de las causas
justas. Si quieres lo tomas, si no, estoy segura que en el mundo alguien más
espera lo que tienes para dar.
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