En solo tres meses todo mi mundo se puso de cabeza, mi vida tomo
otro rumbo y sentí que mis sueños se hacían cada vez más y más inalcanzables,
las metas huían de mí y aquello que alguna vez conocí como perseverancia y
ganas de triunfar ya no existían en mi interior.
El 4 de noviembre del 2004 al poner los pies en la universidad por
primera vez el corazón se me acelero, y mis ojos no hallaban un punto fijo
hacia dónde mirar; apresure el paso, mientras que mi inseguridad me hizo pensar
que todos los que se encontraban a mi alrededor sólo se concentraban en verme,
en criticar lo que llevaba puesto y murmurarles a los compañeros del lado “esa
es nueva”.
A paso de corre caminos llegue al edificio donde tomaría la
primera clase, subí las escaleras (esta vez de manera más segura) miraba los
letreros guías para no perderme. Al fin encontré el aula. Ahí empezó mi
tormento.
La primera clase fue la de matemáticas, mi materia favorita
durante los años de colegio y en la que pensé que sacaría las mejores
calificaciones todos los trimestres, ya que aparte de que me gustaba soy buena
resolviendo cualquier problema matemático, pero esa destreza la vi alejarse en
el mismo instante en que el profesor empezó a dar la clase.
El profesor era uno de esos que parecían una carretilla explicando,
mientras yo estaba entendiendo el primer ejercicio ya él estaba terminando la
clase. Pero ese no fue el único causante de mi estrés y constante dolor de
cabeza, también tenía dos profesoras que parecían media peleadas con la vida,
una era mi profesora de Lengua Española I, esta se la pasaba hablándonos con
palabras raras como si quisiera que no la entendieran y la otra de Ser Humano y
Sociedad que explicaba la clase como tres veces durante dos horas y aun así no
se entendía lo que decía.
Durante las últimas cuatro semanas del trimestre me levantaba
pidiéndole a Dios que el trimestre finalizara, ya no aguantaba la presión, era
demasiado para mí. Acostumbrada a obtener excelentes calificaciones en el
colegio y amante de las matemáticas y ahora ver el trabajo que me daba
comprender tareas que me mandaba la profesora de Lengua Española y no
comprender más del 60% de lo que explicaba el profesor de matemáticas en dos
horas, me parecía insólito.
Al fin o por desgracia llegó la novena semana, una semana definitiva
en la que tenía que decidir si retiraba o no Matemáticas, pues ya me estaba
yendo mucho mejor. Consulte con el profesor de la materia y me dijo que iba
bien (gran sorpresa que me lleve) que con empeño pasaría el examen y la materia
en “B”.
Una semana pasó y llegó el momento definitivo, el examen final. En
el momento en que el examen fue puesto en mis manos sentí que todo se había
borrado de mi cabeza y no fue sólo un sentimiento fue una realidad, por más que
leía y leía el examen no recordaba nada, en ese momento pensé que debí haber
retirado esa materia, que no daba para ser ingeniera, pues si esto era
Matemática I como sería la II y todas las que seguían.
En el momento en que me sentí más desesperada y hasta con deseos
de llorar el profesor se pone frente a mí y me pregunta ¿quiere una “C”? por un
momento lo dudé, una “C” me parecía una mediocridad comparado con las notas que
había obtenido antes, pero la tenía que aceptar, era preferible una “C” y no
una “F” en mis calificaciones, estaba segura de no poder pasar ese examen.
Al finalizar el trimestre ya me sentía bien, por fin había
terminado mi pesadilla.
Mis calificaciones no fueron todas como esperaba, pero al menos ya
podía respirar.
De eso hacen ya varios años y aun no dejo de pensar en el giro de
360º que dio mi vida, en lo duro que fue empezar a volar con mis propias alas y
bajo mis propias reglas para alcanzar mis metas.